viernes, 8 de noviembre de 2013

LA MALDICIÓN DE LOS VICEPRESIDENTES



“Los suplentes quieren que los titulares pierdan”. Lo dijo Pep Guardiola, el entrenador multicampeón con Barcelona, cuando visitó Buenos Aires en mayo de este año, y se refería a los jugadores de fútbol. La afirmación, sin embargo, es válida para cualquier actividad: al fin y al cabo, si el suplente es aquel a quien se reconoce competente y preparado para reemplazar eventualmente al titular, es natural que aspire a que ese momento llegue. Natural y, por lo tanto, inevitable, por más que las buenas costumbres recomienden disimularlo.
Ese fenómeno explica, mucho mejor que cualquier circunstancia coyuntural, la tensión que usualmente resulta fácil registrar entre titulares y suplentes de cualquier rubro, y de manera especial ‒al menos, en la Argentina‒ entre presidentes y vicepresidentes de la Nación. Tanto, que cuando no ocurre, o al menos no aparentemente, creemos que igual sucede.
Cuesta imaginar en el vicepresidente Amado Boudou a un potencial competidor de la presidenta Cristina Fernández. Es fácil advertir entre ambos un abismo en relación con un conjunto de atributos ‒liderazgo, carisma, formación política, capacidad oratoria, habilidad para el ejercicio del poder‒ esenciales para el desempeño de la jefatura del Estado, sobre todo en un país de tan acendrado presidencialismo.
Boudou, que ya parecía haber superado holgadamente el techo de sus competencias cuando fue designado ministro de Economía, era sin embargo el candidato ideal para que Fernández evitara los dolores de cabeza que le provocó el vice de su primer mandato, Julio Cobos, alguien que, además de una buena dosis de los atributos necesarios, tenía ambiciones políticas e integraba la fórmula como socio de una coalición, por lo que no mantenía deberes de lealtad partidaria.
Sin embargo, Boudou se convirtió en una fuente de jaquecas para Cristina. Es decir: se generó entre ellos un foco de tensión, aunque no sea competitiva. No se trata de lo que pueda hacer el vice durante la ausencia de la mandataria: ya se ha comprobado estos días que no puede hacer más que asistir a alguna ceremonia y decir un puñado de palabras en público. Al margen de lo que establezca la Constitución, el gobierno está en otro lado.
El problema es que Boudou terminó siendo una especie de salvavidas de plomo para la Presidenta. La percepción que tantos tienen del vice como una persona incompetente y frívola, sumada a las varias denuncias de corrupción que pesan sobre él ‒varias de las cuales se ventilan en los tribunales‒, es uno de los factores que más contribuyeron al descenso de la imagen positiva de Cristina y del caudal electoral del kirchnerismo.
Así, la conmiseración que Cristina despertó hace tres años, al quedar viuda ‒que le permitió recuperar una popularidad que ya entonces estaba en retroceso y la catapultó al formidable triunfo electoral de 2011‒, se transformó ahora en impiedad: con pocos días de diferencia, el viernes pasado y anteayer miércoles, dos tribunales resolvieron no esperar a que el vice termine de cumplir su interinato por enfermedad de la Presidenta y ratificaron que las investigaciones judiciales por el caso Ciccone y por el uso indebido de helicópteros de la Gendarmería Nacional y de una empresa proveedora del Estado deben seguir adelante.
En todo caso, en el pecado está la penitencia: cuando el sabio dedo del matrimonio Kirchner designó a Boudou como candidato a vicepresidente ya era pública la sospecha de su responsabilidad en la compra irregular de automotores por parte del Ministerio de Economía a su cargo. Y cuando las denuncias que involucraron al vice en otros hechos de corrupción ‒la mayoría, aun más graves‒ se hicieron cotidianas, Cristina decidió mirar para otro lado.

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